Ir al contenido principal

SÍ, UNA VEZ AMASTE A ALGUIEN


Hace mucho tiempo tenía ganas de venir a decir que sí, por fin, una vez amaste a alguien. Por fin le gané la batalla a la ansiedad y no me apuré en apostar sin tener las cartas en la mano. Me animo a decir que, de una vez por todas, el círculo se cerró, está completo. Esto es como esas buenas películas a las que uno acude cuando no sabe qué hacer: hay que volver a verla. Me tomo el atrevimiento de intentar siempre buscarle una vuelta de tuerca nueva, de darle un nuevo sentido, de sobreanalizar lo que veo para entender por qué las cosas son como son (es que necesito esa paz mental de tener todo bajo control).


Sin lugar a dudas o discusiones, el año 2020 fue el más inimaginable de todos. Al margen de lo que nos pasó a todos como humanos que habitan esta tierra (a la que nos trajeron a la fuerza, pues nunca se nos preguntó si queríamos), encontré una luz al final del túnel -uno por el que no transito pero en el que tengo cámaras que vigilan lo que pasa- que me da un poquito de esperanza. Voy a contar una curiosidad: tanto el inefable 2020 como el incógnito 2021 me encontraron (y encuentran) hablando y pensando en lo mismo, y eso es, ni más ni menos que el amor. Después de ir cosechando opiniones ajenas sigo intentando explicar(me) qué carajo es eso que hace que ames. Más allá de situaciones cercanas que quieran darme una radiografía de lo que sucede, quiero poner en palabras lo que me pasa cuando me paro al frente de la vidriera y veo lo que me muestran. A continuación, el amor según yo (inspirado en algunos pensadores y algunos no tanto).


Y sin embargo, mi mundo termina en ella...

Esto es, ni más ni menos que, la ceguera de amar. Solari dijo alguna vez que "amar es desear el bien para el otro". Cada vez que escucho hablar a alguien de sus sentimientos me siento un privilegiado, ya que rara vez uno se larga a expresar pensamientos y emociones. Todos y cada uno de ellos siguen un patrón que, para mí, es fácil de identificar (para luego interpretar). El tono de voz es otro. Los ojos se ponen distintos. La cara se transforma. Los pelos se erizan. Por la espalda sube un cosquilleo medio escalofriante. La pasión y el énfasis que denotan al contar lo que sienten con el otro es inigualable. 

De tanto escuchar hablar he adquirido la capacidad de archivar o almacenar momentos, palabras, caras, gestos, situaciones, risas, llantos, etcétera. Cada vez que me siento a hablar solo -muy a menudo- me dan ganas de ir corriendo con ellos a contarles lo que pienso y recuerdo: "¿Te acordás la primera vez que me dijiste que la querías?", "¿te acordás cuando dijiste que no querías que se vaya de tu vida?", "te acordas cuando fuiste a comer y me dijiste, por primera vez, qué tan linda era?"... Podría seguir con muchos ejemplos que serían siempre adecuados para, de manera sencilla, demostrar todo lo que decía anteriormente. Y es que, indudablemente, el amor hace que sientas que el mundo termina ahí, en Ella, en Él, en ese otro que viene a ocupar un rol más que protagónico en tu vida. Porque todo parece siempre acomodarse para que la parte feliz sea culpa de ese alguien. Todos los motivos que te aquejan dejan de existir por el otro.
Yo no sé si pueda volver a encontrarte amor, si dios no me quiere en tu eternidad.
Mientras te quiero el sol se apaga, y si Dios queda en nada o no existe, te amaré mucho más

Solari dixit.


El aire se hizo azúcar con su voz

Ojalá pudieran ponerse un ratito en mis zapatos y verse desde afuera. Si supieran cómo se miran... Si, me fijo en todo. Veo todo. Conseguí comprobar en carne propia eso que tanto añoraba hace rato: que no exista barrera alguna y que nada quede sujeto a superar un filtro de calidad. Hay una sonrisa pícara cuando uno habla del otro, y cuando entre ellos se hablan también. Hay una mirada hipnotizada, obnubilada, perdida en ojos ajenos. Hay caricias, abrazos, hay momentos para tontear, hay detalles que marcan diferencias, hay compañerismo, hay cariño y hay valor para sentir. Hay miedos propios y ajenos. Hay noches largas y sueños cortos. Hay cosas para compartir y para guardar. Hay compromiso y hay conocimiento. ¿Qué más puedo pedir? 

Me sorprende que el limón más agrio de la frutera termine siendo empalagoso (si, vos que me negaste tanto tiempo todo esto que pasaba). Pero es de esos empalagos a los que querés volver a exponerte. Siempre que pueda me voy a ir a sentar a la primera fila, como el mayor de los fans, a presenciar el glamour con el que juegan a ser cómplices, a disfrutar como el chiste se transforma en un gesto de cariño, en una demostración de afecto (todavía me acuerdo las primeras veces en las que te ibas al rincón a reírte con el celular por su culpa).


El amor como resguardo

Hay una gran verdad que a la que siempre acudo, y que la encontré reflejada en la letra de una canción. Mick Jagger canta en Say You Will que necesita "un amante tanto como un amiga, alguien en cuya risa me apoyaré para unir nuestras vidas", y también que "dejes a un lado los miedos y di que serás mía". No hay mucho por interpretar. El amor es eso. Es abandonar los prejuicios. Es sacarte las inseguridades con las que cargas. Es un seno seguro, cuidado, protegido. Es el confort de compartir tus desventuras con alguien que, a priori, lo único que quiere para vos es el bien. Es recoger la piel sensible, emocional, y con eso buscar un bienestar. Si hay algo que un poco valida lo que digo es que se que las palabras llegan.

Erich Fromm dice en el prólogo de El Arte de Amar que "la satisfacción en el amor individual no puede lograrse sin la capacidad de amar al prójimo, sin humildad, coraje, fe y disciplina". La primera vez que me tomé el atrevimiento de escribir sobre esto fue porque vi señales. Me di cuenta cómo germinaban las emociones y los sentimientos. Con el paso del tiempo fui atravesando y experimentando (siempre como oyente o espectador) un vaivén de situaciones que hoy decantaron en esta historia linda y gratificante, para los tórtolos y para el que escribe esto. La primera motivación fue plantearme la siguiente incógnita ¿Alguna vez amaste a alguien? Y el mismo Fromm lo dice en el libro citado anteriormente "... ha de ser rara la capacidad de amar. Quien no lo crea, que se pregunte a sí mismo a cuántas personas verdaderamente capaces de amar ha conocido." Bueno, sean bienvenidos al club. Sí, una vez amaste (amaron) a alguien.


Dedicada a Rapunzel y su Manteca.


PD: Gracias por permitirme participar de su templo. La felicidad se contagia, ya saben cómo me siento...

Inspiraron esta entrada: 


- Mick Jagger en Say You Will

- Erich Fromm en El Arte de Amar





Comentarios